domingo, 13 de septiembre de 2009

Autoimperialismo



Generalmente asociamos la palabra “imperialismo” al dominio territorial, cultural o económico que existe entre un país dominador y un país dominado. Aunque hay veces en que esta situación de “dominante-dominado” se produce dentro de sectores de una misma población y de una misma nación.

El marxismo promueve la “dictadura del proletariado”, ya que favorece el dominio del “proletariado” sobre la antigua “burguesía”. Incluso el odio de clases que promueve (“lucha de clases”) lleva a una guerra civil (“revolución”). Pero el marxismo no sólo promueve el autoimperialismo, sino que también, cuando el armamento lo permite, los dictadores marxistas tratan de “liberar” a los proletariados de otros países haciendo que la revolución adquiera una dimensión internacional.

John Stuart Mill escribió:

“Como las demás tiranías, esta de la mayoría fue la principio temida, y lo es todavía vulgarmente, cuando obra, sobre todo, por medio de actos de las autoridades públicas. Pero las personas reflexivas se dieron cuenta de que cuando es la sociedad misma el tirano –la sociedad colectivamente, respecto de los individuos aislados que la componen- sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que puede realizar por medio de sus funcionarios públicos.

La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en la que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario, no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma.

Por esto no basta la protección contra la tiranía del magistrado. Se necesita también protección contra la tiranía de la opinión y sentimientos prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta a aquellos que disientan de ellas; a ahogar el desenvolvimiento y, si posible fuera, a impedir la formación de individualidades originales y a obligar a todos los caracteres a modelarse sobre el suyo propio.

Hay un límite a la intervención legítima de la opinión colectiva en la independencia individual: encontrarlo y defenderlo contra toda invasión es tan indispensable a una buena condición de los asuntos humanos como la protección contra el despotismo político”

(De “Sobre la libertad” – Alianza Editorial SA – Madrid 2005)

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